martes, 13 de julio de 2010

Castaños: justicia pendiente

Palabra de Antígona
Por Sara Lovera
Este 11 de julio se cumplieron 4 años desde que un grupo de 14 mujeres, trabajadoras del sexo y bailarinas fueron atacadas y abusadas por un puñado de soldados que abandonaron el cuidado de urnas electorales, para irse, a lo que se identifica como francachela entre hombres.

Usando todo el poder de sus armas y sus uniformes, irrumpieron en las instalaciones de los bares El Pérsico y Las Playas, ubicados en el municipio de Castaños, Coahuila, contiguo a la ciudad de Monclova. Sacaron a los parroquianos y sin nada ni nadie los detuvieran violaron a las mujeres que ahí se encontraban, las amenazaron y se rieron de ellas.

Fue el obispo de Saltillo, Monseñor Raúl Vera; un pequeño grupo de personas conscientes y una periodista, Soledad Jarquín, de Oaxaca y ahora Premio Nacional de Periodismo, quienes sacaron a la luz los hechos, le dieron seguimiento y aportaron toda su dedicación para que se hiciera justicia.

Dos jóvenes abogadas, Sandra de Luna González y Martha Castillón García, cuya actuación fue de menos a más, también pusieron en juego toda su energía para llevar adelante un juicio contra el máximo poder: el de los militares.


Mujeres y Política
¿Daño colateral?

Soledad JARQUIN EDGAR

Hubo dos señales. Mi cabeza estaba en otro punto de preocupación y ellas aparecieron una, dos y tres veces. La primera llegó cuando leyendo un libro se menciona el caso de violencia sexual que la madrugada del 11 de julio de 2006 sufrieron trabajadoras de los bares Las Playas y El Pérsico.
La noche anterior, el horror recorrió mi cuerpo y la indignación mental vino de lleno, cuando casi por accidente me enteré de un hecho no denunciado públicamente, la violación tumultuaria a una adolescente por un piquete de soldados en Oaxaca. Soldados que recorren –por órdenes de su jefe supremo, Felipe Calderón, esta ciudad y el país entero para “proteger a la población” del crimen organizado- bueno eso dice don Felipe, parte de la sociedad vive en carne propia, en la de sus hijas, hermanas, compañeras la realidad brutal que se impone por la fuerza sobre el cuerpo de las mujeres. Ellas, las mujeres de Castaños vinieron otra vez, tocaron la puerta de mis pensamientos.
Así apareció la madrugada del domingo y durante la mañana de este 11 de julio. Era el recordatorio de la pesadilla que vivieron, hace cuatro años, las trabajadoras de la zona de tolerancia del municipio de Castaños, Coahuila. A ellas, mujeres solas y con hijos, mujeres pobres y apenas con la enseñanza básica en sus vidas, la justicia, es decir los señores dueños de la justicia no las vio, no se acercó a ellas y concluyó que sólo cuatro soldados de 12 que las violaron, deberían pagar penas carcelarias.
Poco más de un año después, los señores de la justicia –en la apelación- volvieron a ser benevolentes con los militares, que utilizando vehículos, uniformes y armas de uso exclusivo para el ejército violaron sexualmente los cuerpos de 14 mujeres, sólo 13 pudieron demandar, una de ellas, espera todavía que el soldado que la violó sea detenido, porque aún hay tres soldados que nunca han sido detenidos. Los señores magistrados, insensibles, sin duda, redujeron las penas a los tres soldados que aún permanecen en prisión, los otros cinco volaron tan pronto les abrieron la puerta de aquella jaula en Monclova.
La violación sexual cometida por soldados del ejército contra mujeres en Coahuila y en otras entidades, incluyendo Oaxaca, es tan brutal como la injusticia cometida por segunda vez por el Estado mexicano, con aquellas que han sufrido estos arteros y por demás cobardes ataques, pero esta vez fueron cometidas por hombres de corbata y saco que despachan en el aparato de “justicia” de aquella entidad del norte mexicano y de otras entidades, reitero, y que hacen mutis ante los hechos, que no escuchan, que se duermen sobre papeles viejos, frente a una herida que sigue sangrando en la memoria de esas mujeres y de todas las mexicanas.
Recordar estos hechos y saber de otro más en Oaxaca, nos lleva a pensar en el incierto futuro de las mujeres, que no tengo la menor idea pero me pregunto si el Estado pretende considerar que lo ocurre es también resultado del “daño colateral” que implica poner a las fuerzas castrenses en las calles y carreteras del país.
¿Quién puede hacer algo frente a la violencia sexual cometida contra niñas y mujeres de todas las edades por soldados, sacerdotes, maestros o los llamados grupos paramilitares, que siguen siendo protegidos por el Estado, las jerarquías eclesiásticas o por los intereses mal sanos de un sindicato?
¿Quién puede hacer algo frente a la fuerza de los grupos de poder que bajo cualquier pretexto cometen estos aberrantes e incalificables actos, que no son sino la demostración de fuerza y sometimiento a las mujeres?
El silencio es el peor enemigo y no me refiero al silencio de las víctimas y de sus familias que están aterradas por la amenaza de los altos mandos militares, la jerarquía católica, el sindicato de maestros o que se quedan en el limbo cuando se cometen contra mujeres indígenas triquis o zapotecas de Loxicha, me refiero al mutismo en que la autoridad permanece y que no pueden ver lo que las mujeres demandan, que se aferran a mirarlas sólo como reproductoras y no como parte de la sociedad.
Hoy, en algunos estados, entre ellos Oaxaca, la gente está ocupada en la renovación de los poderes, con ello, muchas personas piensan que algo puede cambiar, las mujeres esperan que cambie todo.

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